3. Condiscípulo
Hace muchos años a poco de ingresar en la Facultad de Medicina, León Martelli (que ahora jugaría un pape! tan importante), se levantó el rebelde y pajizo mechón de pelos que caía sobre los anteojos y me propuso estudiar juntos: mi desorden se compensará con tu disciplina -dijo-. En realidad, la idea era de doña Elsa, su madre histérica y ambiciosa. Oyó que estudiar con un camarada facilitaba la tarea y no cejó en su empeño hasta lograr que su hijo enganchase a Natalio Conte. "cuyo padre fue un celebre caudillo, no como el tuyo que sueña despierto y seguirá cosiendo hasta que se muera".
El viejo Martelli, en efecto, era un sastre aferrado al anarquismo romántico, cuyas gruesas gafas le permitían leer en tres idiomas pero no le impedían equivocarse en las costuras. Dona Elsa lo ayudaba en el trabajo, maldiciendo la suerte y los mutiles libros (pie compraba, porque verdaderos libros son esos volúmenes gordos que tiene un médico o un abogado: de sólo verlos se nota su importancia. En cambio para qué sirven las novelas, las poesías, las historias? "Leoncito -gritaba-: nunca tocarás una aguja".
En el pobre bogar reinaba un sempiterno e inexplicable olor a vinagre. El cuarto más amplio estaba destinado a la precaria sastrería. En un rincón se destacaba I.) máquina de coser, rodeada por un anillo de retazos como hojas de otoño; de una larga barra de hierro colgaban perchas con pantalones; sobre un anaquel combado se alineaban almohadillas negras y rojas erizadas de alfileres; encima de un trapo con un gran manchón ocre descansaba la plancha. La ventana permanecía abierta para que el desorden del taller se desvaneciera en la fronda de los castaños.
El encorvado Anselmo Martelli levantó la cabeza cuando fui introducido. Mucho gusto, joven -me tendió su mano deformada por la artritis. La soltó en seguida con súbito rechazo-. ¿Así que serán médicos? -preguntó estúpidamente con voz aguda y amable.
Encogí un hombro, esbocé una sonrisa. Son caros los libros, ¿verdad? - agregó volviendo a su costura-. No importa -intervino doña Elsa con energía-: yo he ahorrado para comprárselos, para eso están los sacrificios, para que nuestro hijo estudie-. Sí, son caros -dije, retenido aún por la voz del agobiado sastre.
Los libros inútiles que compraba don Anselmo al menor descuido de la mujer llegaban hasta el descascarado dormitorio de León, Invadían todos los rincones. León había leído muchas novelas, biografías, historias: le gustaba transitar los vastos silencios de la noche en caóticas lecturas. Se familiarizó con millares cíe nombres y lugares, confundiendo a veces ficción y realidad, y confundiendo algunos autores y doctrinas. Lo atribuyó a la fragilidad de memoria o a su precoz miopía. Te intoxicaste -dije-; es preferible leer menos. León no se preocupaba: da lo mismo si a los Tres Mosqueteros lo escribió Alejandro Dumas o D´Artagnan.
Pero no da lo mismo que D´Artagnan conduzca la marcha sobre Rorna -contesté extrayendo un libro ajado, de color ceniza, con todas las páginas subrayadas lápiz. Se refería a un rabino prodigioso llamado algo así como Maharajá, pero nada tenia que ver
con la India. Describía una ciudad donde se amontonaban torres, puentes, sótanos, alcantarillas y pasadizos: un dédalo infernal que el deteriorado libro ilustraba con una lámina de época. Don Anselmo sonrió: no se llenen la cabe/a con la locura de esos rabinos: se pasaban el día encerrados, repitiendo los mismos textos hasta enfermar de tuberculosis o perder el juicio: cosa de anormales. Si -coincidía doña Elsa hinchando los tendones del cuello-, no se distraigan, sigan con "Testut".
Editorial Planeta 1978
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