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 Literatura
  Juan Rulfo: Perfil + Texto leído. LEER
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GRACIELA TOCCE. Besos por escrito.

“La gente dañada es peligrosa porque sabe que puede sobrevivir.”
Extraída del film Una vez en la vida.

I
Los poetas de la sociedad muerta

Amaneció con un sol gordo y brillante, como si el astro hubiera querido burlarse de mí en aquel día.  Tenía el rostro hinchado, como si me hubieran golpeado en los ojos.  Hay golpes incorpóreos que se expresan en el cuerpo y en este día, ese era mi caso.  Por pura maniática costumbre, me senté a escribir.  Al principio sólo garabateé incoherencias, frases sueltas y erráticas, hasta que di con una idea.  Luego los versos se desgranaron solos.   
“Absurdo mi dolor de tanta pena ...” , escribí mientras mis ojos llovían sobre el teclado.
Terminé aquel poema, donativo de amor, que como “los besos por escrito”  a los que hacía alusión Kafka en sus Cartas a Milena, nunca llegan a destino, pues “se los beben por el camino los fantasmas.”  Y se me ocurrió pensar que, quizás, esos fantasmas, fueran algo más que sólo sombras de almas que no quieren partir; algo más que meras elucubraciones de mi mente y la de aquel escritor que intentaba conjurarlos.
Cerré mi sesión por aquel día.  Las palabras recientemente escritas desaparecieron en el infinito informático de mi procesador, devoradas, como los besos, por un programa de escritorio.  “Fantasmas”, pensé, “realidades alternas  que al igual que las virtuales, son tan reales como él y yo.”      
Forcé mi memoria, mientras me vestía para salir a caminar un rato.  Tapé mis oídos con los auriculares del MP3 y lo puse a todo volumen, como para poder escuchar mejor mis pensamientos.  Para aislarme del mundo y de las cosas y ponerle música de fondo a ese nuevo desgarro que hacía brotar de mis manos la furia de los versos.  ¿Serían reales las palabras, tantas historias, cuentos y novelas?  ¿Hay todavía por ahí, una Ana Karenina, suicidada bajo las vías del tren?  Sin duda, cada historia es real.  Se materializa al ser leída o escuchada; se actualiza ante los ojos del que lee.  Cada historia escrita salda deudas del pasado y del presente.  Las ficciones no existen.  Las ficciones son sólo potencialidades, semillas tiradas a la tierra, que se convertirán en realidades contundentes, atrapadas en la blancura de las hojas de un libro.
Evoqué su imagen mientras apuraba el paso por la ancha avenida, en busca de la plaza más cercana.  Lo recordé desnudo, observándome, lejano, con aquella mirada triste que no puede ni podrá compaginar nunca, con su pretendido buen humor.  Reír también puede ser un llanto, y la ironía, una buena máscara para ocultar la pena.  Pero los ojos no mienten.  Por entre las máscaras que usamos para salir a escena, hay algo que no se puede disfrazar.  Creo que lo primero que me impactó de él fue su mirada, aunque ya no estoy cierta ni siquiera de eso.
Me senté frente a los árboles del parque a contemplar su imagen, mientras intentaba un diálogo interno con él, que, evidentemente, era sólo conmigo.  Llevaba incorporado su recuerdo como un yo alterno, aunque alterado por mis propias proyecciones y esperanzas.  Lo escuché diciendo:  “No me dejes”, un instante antes de que su imagen muriera congelada en la pantalla de mi computador, como si una fuerza opuesta a nuestras voluntades, nos impidiera esa mínima y necesaria comunicación.
Luchar contra el tiempo y las distancias tan sólo con unos besos por escrito.  Pequeñas frases que sólo multiplicaban las últimas sentidas por él:  “... pues mira mis ojos anegados de tu ausencia hoy domingo ... jamás un domingo te había invitado con tantos deseos de hablarte.”  Contuve mi propio anegamiento, para sustraer mis lágrimas de la mirada de ajenos transeúntes. “Ser poeta en una ciudad como la mía”, pensé, “es francamente un despropósito ... o quizás, no.  Quizás sea imprescindible.”  Como fuere, la vida en la ciudad siempre me ha dado letra, para que el amor no quede sepultado bajo el cemento; para que a las aves no se las trague el asfalto. Quizás seamos los poetas de una sociedad muerta, los que luchamos desesperadamente por hacerla renacer de entre sus escombros.


II
Aquella poblada soledad

Unos meses antes, algo más de cuatro para ser exacta, llegó a mi correo electrónico una invitación para participar de un sitio editorial como columnista. Fue allí donde lo encontré con su poblada soledad a cuestas. 
A mi llegada, dejó un saludo cordial de bienvenida sobre mi escritorio:
“Será un honor recibirla en este sitio dedicado al arte y las letras. Esperamos nos deje pronto conocer sus expresiones literarias. Gracias por estar con nosotros y esperamos se sienta en su casa. Abrazos. Alfredo.”
No pude intercambiar con él mucho más que eso.  Eran las vísperas de las fiestas de fin de año y lo estaban por operar.  No era, por cierto, algo de temer, por lo menos eso fue lo que me pareció a mi.  Él, de un modo fingidamente dramático, se despidió de todos diciendo que esperaba despertarse de la anestesia, pero que si se moría, nos dejaba su entero agradecimiento. Palabras, estas, a modo de guisa, dichas quizás para conjurar los hechizos de la muerte.   En fin, como apenas había empezado a tratarlo, no le di demasiada importancia al asunto y le respondí, en el mismo tono:  “Estimado Alfredo, nada va a sucederte.  Sólo los matemáticos se mueren de cálculos.  Recupérate y vuelve pronto.  Cuidaremos de  tus cosas. Un abrazo ”
Pasados unos días, decidí hacerle un pequeño obsequio para el día de su cumpleaños, que lo hallaría convaleciente ya en su casa.  No era gran cosa, solo un poema que había escrito tiempo atrás, titulado Salvajemente Suya*, en el que se narra la historia de la doma de una yegua.  Y esto, no con intención alguna de seducirlo, sino, simplemente por ser gentil, a sabiendas que a él le gustaban los temas autóctonos de América Latina. Tan es así, que se lo dediqué también a Máximo y a Gervasio, dos compañeros de la redacción, que  disfrutaban de estos motivos.
Deseaba saber qué opinión le había merecido aquel regalo, pero sabía que no podía responder a los posteos de sus columnistas, por encontrarse bastante adolorido debido a unos puntos que aún le supuraban.  Allí quedó el poema, entonces, abandonado a su suerte, entre un centenar de escritos, hasta que un día respondió: 
- Gracias amor... ¿dónde estará esa belleza....? - al no poder  encontrarlo entre sus cosas. Y prosiguió - No me puedo quedar mucho.  Envíame un mail diciéndome dónde la hallo.
A vuelta de correo, le pregunté como estaba.  “Ya cerrando al menos estas cicatrices... claro! estas son fáciles de cerrarse. Tuyo, Alfredo.” - respondió.
Quedé sorprendida, por su tono, sobre todo porque casi no habíamos cruzado palabras, pero le respondí como a un viejo conocido:
“Me alegra que estén cicatrizando estas heridas, ... las otras,  si fueron hechas por expertas manos, siempre sangran, porque el alma tiene una lógica diferente a la del cuerpo. Un beso. G.”
Los hombres siempre se van de boca cuando hablan, sean poetas o no, pero si lo son .... Dios nos libre.  “Tuyo”. ¿Cómo “mío” si ni siquiera me conocía personalmente?  Sin embargo, más allá de  lo que dijera Alfredo, vendedor de ilusiones, ¡compré! Deseaba hacerlo y dormirme con esa breve dicha, sin pensar en que decidirían quitármela como a la zanahoria puesta delante de un burro que no quiere caminar.
Y, como si unos simples mail se hubieran convertido en diálogos reales, comenzó una casi cotidiana secuencia de mensajes recibidos y enviados.
- ¡MUCHACHA! ¿DE DÓNDE SALISTE TU?
Si fueron hechas por expertas manos, siempre sangran...
Puuuuuutaaaaa. Es la frase más hermosa y heroica que he leído en muchos años...
Un dardo certero al corazón...
¿Quién eres?

Estoy muerto a tus pies...
Fueron hechas por expertas manos...
Pues creí que el cirujano que me rajo el costado era experto....vaya, vaya como has destrozado todo mi pensamiento en un instante...
ahora solo me toca recoger los vidrios... ¿no?
Besos - Alfredo”

Al día siguiente, otro mensaje:
- No me esperaba este avasallante poema que me "duele" hasta el alma cuando la releo y lo siento en todo mí ser...pero no te dejo el comentario mas profundo... El que provoca mi alma al saberme dedicado por las letras de tu ser... Así que me lo llevo a la camita ...lo disfruto, lo trago con agüita cristalina, bien relajado, donde pueda suspirar sin que se desmayen los pensamientos y entonces comenzare a graficar la respuesta de mis sentimientos a tu poema ... es brioso el corcel cuando la pluma desnuda tu cuerpo...claro... Gracias  por este halago a nuestra naturaleza humana ... siempre humana ... Débil para recibir ofrendas en su piel desde tus manos .
Tal vez haya sido, solamente, que yo doy demasiada importancia a las palabras y, hasta ahí, pensé que aquella forma familiar y amorosa era utilizada  por él, sólo conmigo.  Quizás sea que algunos tenemos la necesidad imperiosa de sentirnos únicos y especiales para otro.  Por un corto tiempo, nada hubo que me hiciera pensar lo contrario. 
Me dispuse a responderle inmediatamente:
- ¿Cómo estás, querido?  Hoy recibí tu comentario a mi poesía "Salvajemente Suya" y no te negaré que lo esperaba.  Es tan bello lo que dices, son tan tiernas las fotos que dejaste sobre tu escritorio, con ese niño hermoso al que abrazas y tan agudos los relatos de tus cuentos, que no puedo hacer otra cosa que extrañarte cuando no estás presente en la Editorial.  Debe ser cosa de  poetas, ¿no crees? Un abrazo.  ¡Cúrate pronto!
Alfredo largó a boca de jarro una vez más a vuelta de correo:
- No, no nos engañemos ... de amor se trata. Besos.
¿Cómo era eso que “de amor se trata”?  ¡Qué hombre tan pretencioso!
Crucificada frente al teclado, como si en vez de palabras, Alfredo me hubiera asido a un madero, intenté responderle.  Nada coherente salía de mí que fuera aceptable, por lo que decidí utilizar la ironía para minimizar, aquella frase certera.
- Pues, mira qué seguro te sientes de ti mismo. ¿No será un tanto prematuro hablar de amor a alguien a quien ni siquiera conoces?
- Disculpa, claro, qué tonto presuntuoso he sido. ¿Cómo he podido pensar semejante cosa?
Me conmovió aquella respuesta simple.  Sentí que lo había herido y que no estaba siendo del todo sincera con él, pero hasta aquí, no podía olvidar que todo aquello eran sólo besos por escrito y que a las palabras se las tragaría la Net, indefectiblemente. 
Cómo para poder capturar aquellos sueños; como para apostar al amor una vez más, que después de todo no es más que una alucinación que creemos real, comencé a guardar todos sus mail.  En rigor, no me podía deshacer de sus palabras, única cosa que lo corporizaba en la distancia. 
Sin embargo, como de un sueño pueden decirse muchas cosas, menos que no sea  nuestro, mientras que lo soñaba, comencé a sentir que Alfredo en verdad estaba ahí, antes, claro está, que se convirtiera en la más angustiante de mis pesadilla.
Como sea que hayan sido las cosas, quise que supiera que no lo estaba descalificando y comencé a trabajar en mi columna editorial casi a tiempo completo. 
- Juega conmigo Alfredo, juega con las palabras, pero no digas nunca palabras que me pueda tomar en serio, a no ser que sean palabras sentidas.  Ahí pondremos las pautas de otro juego.  Besos. G .
- Supieras que ya no juego... Eso nunca me dio resultados. Las heridas de  manos expertas son las que sangran, quedó en mí como un nuevo código para analizar profundamente los juegos donde creí había salido perdiendo. Ahora desdibujo mis desgracias: Ah, la causa de tus sangramientos es por haberte metido con el corazón y el alma...y esos son jugadores expertos. Así que ahora !Aguanta!... entonces antes de caer en manos expertas creo que tendré que ser mas serio... Con el amor no se juega.- creo que esta respuesta fue la primera en la que sentí que no nos estábamos entendiendo. O que con diferentes modos, le estábamos pidiendo al otro que no nos dañe.
Durante esa semana publiqué una poesía a la que titulé “De amor se trata”, tan sólo para que supiera que había dado valor a sus palabras.  También redacté una columna sobre Mario Benedettien la hacía hincapié en el poema No te salves. No fue indiferente a mi implícito llamado.
-  Hoy temprano he leído tu columna, mientras desayunaba.  Qué más puedo decirte, amor:
“No te quedes sin besos
no cierres tus labios
bésame un instante cualquiera
siénteme que quiero amarte
quizás esta herida nueva ...
sangre el resto de nuestros días
que importa entonces
si habremos vivido otra vez el sueño”

 

III
El amor bastardo

Me sentía feliz y, siendo que no podía verlo ni comentar con nadie de la Editorial todo aquello, decidí guardarlo sólo para mí.  Algo debió notárseme.
- Estás radiante.  Llegas primero que nadie y te vas última.  Se te ve muy bien. - comento, Marina la encargada suplente en ausencia de Alfredo.  No pude callar y así fue que le conté que estaba enamorada de él.  Ella no respondió nada.  Me resultó extraño, dado que hablábamos mucho de cuestiones técnicas durante las horas de trabajo y por teléfono o mail, fuera de ellas.  Mi primer golpe de intuición fue que no le había caído del todo bien aquella confesión, pero ¿por qué?  Una primera sombra de duda nubló mi cielo despejado hasta el momento.  Sin embargo, como me suele suceder muchas veces, no hice caso a ese imperceptible golpe del destino.  Y seguí trabajando con las mismas ganas, comentando las obras de otros escritores y transmitiendo de vez en cuando ese sentimiento que nos hace estar en estado de gracia, pero sin mencionar a ninguna otra persona, más que a Marina, hacia quién estaba dirigido aquel afecto.  Pero, es evidente que aquella larvada desconfianza se quedó trabajando dentro mío y creció casi en la misma medida en la que crecía mi amor.
Viejas heridas se abrieron y me empecé a sentir expuesta e insegura, como si estuviera haciendo algo indebido. Los primero celos de mi parte hicieron estragos que nunca sabré si será posible  reparar del todo.
Vienes tan poco a la Editorial y cuando vienes, casi ni nos cruzamos.  Estás siempre tan ocupado para mí que no sé ni para qué te escribo.  Últimamente he pensado mucho en dejar todo y abandonar la Editorial.
- Perdóname, cielo. Te lo suplico. No he querido ausentarme ni estar en silencio. Te juro que no ha sido mi intención abandonarte, por el contrario cada día pienso en ti y me angustia cuando no te encuentro. Mis tiempos ya no son los mismos por muchas razones. Estoy solo, apenas me estoy recuperando, el niño va al colegio temprano, debo esperar el transporte en el parqueo, la enfermera no llega a horas exactas ni convenientes, luego terminar unos trabajos a medias para resolver otras cosas. Digo que a las 7pm por estar a una buena hora tuya a las 11pm, sin embargo para mí las 7 se complican a veces... En fin no quiero abrumarte con estas cotidianidades pero quiero que sepas que desde que iniciamos nuestros encuentros y hemos sentido los mismos deseos de comunicarnos, de entregarnos, he querido estar presente, "a tu lado", me he estado inventando posibilidades de verte pronto, de hacer el amor contigo, donde las plenitudes inimaginables, y quizás tu hasta llegues a amarme y propongamos un futuro de realizaciones... Yo pienso en ti cada día...luego llego a la Editorial, con varios conflictos técnicos y de desarrollo que resolver, enfrentamientos personales...y muchos mensajes pendientes, entonces el exiguo tiempo se me va de las manos... Quiero amarte... no quiero que me repitas otra vez "viejas experiencias", yo no sería jamás sordo al llamado de un amor posible y extremo.....
Te quiero ... , lamento las circunstancias de mi malestar que no me dan las mismas fuerzas...pero lo que no puedo entender es como puedes hablar de despedidas, de dejarme, de que se acaba todo, sin esperar un poco y ponernos en la situación del otro.... un poco de paciencia...Te prometo recuperar el tiempo.

Besos.
Sin embargo, el desencuentro y la incertidumbre de aquellos besos sólo dados por escrito, me llevaron a querer, un día abandonar la Editorial. Dejé una despedida absurda como mensaje para mis amigos, en la pizarra de “asuntos pendientes”.  
¿Qué era lo que me estaba causando ese enojo viceral y esa tristeza inmensa? ¿Cosas pasadas, extrañas a esta situación nueva y reactualizadas inconvenientemente, o sería pánico de volver amar?  “Es tan corto el amor y tan largo el olvido.”
La inseguridad y sus antiguas huellas:  la desproporción intelectual en desmedro de mi inteligencia emocional.  Me sentí desvalida, desarmada y, por lo tanto, imposibilitada de hacer algo útil.  Hoy lo veo en perspectiva y todo me parece un enorme disparate de mi parte, aunque  haya pasado poco tiempo.
Antes de irme, Marina  me preguntó si estaba segura de lo que iba a hacer.  Le respondí que sí.  Ella me dijo entonces que consideraba que era una mujer en extremo inteligente y que si había tomado aquella decisión sería por cuestiones fundadas y no iba a retenerme.  Mi último pedido aquella tarde fue que no borrara mi mensaje hasta que Alfredo pudiera verlo.  Así lo hizo y cuando él llegó, me envió otro que devolvió mi maltrecha confianza:  “Acabo de leer ese tango "despedida" y voy  a borrar esa vaina ya.”
Obviamente no me fui.  Y me decidí a empezar de nuevo, tratando de alejar aquella forma díscola e impaciente de mi parte.  Le ofrecí disculpas, pero en realidad, no podía dejar de demandarle que me prestara más atención.
Perdón querido si soy a veces un tanto dura o extremadamente directa, pero sabes últimamente he aprendido una cosa:  la vida me ha dado ese derecho.  Quiero que me sigas leyendo.  Yo voy a hacer lo propio.  Espero no haberte atosigado con mi lata.
- Tranquila, querida, lo haces y lo dices muy bien.... perdona tu que en estos momentos no tengo la lucidez para responderte pero he guardado tus valiosísimas respuestas.... te juro que mañana estaré mejor y tendremos una bella conversación.
 Besos.
Mas, la bella conversación nunca llegó.
- ¿Por qué me quieres?  ¿Qué dejarías tú por mí?
Error. La pregunta más bien es qué es lo que no daría.  Es diferente.  Nadie tiene por qué dejar nada.  Alfredo,  no te anticipes, amor.  Sólo se que te amo sin motivo,  sin por qué.  Sólo sabré de ti lo que quieras contarme. Yo te puedo decir todo lo que tú quieras saber. Cuando uno conoce a otra persona, la vida los precede y como ni tú ni yo hemos nacido ayer  cargamos con las cosas que hemos construido  en el pasado para bien o para mal.  Tú eres tú y yo soy yo.
La humanidad no puede ser maldita si tú existes.
No sé si me escuchaba en realidad.  Sólo me han quedado sus palabras.
- Sobre mi alma pasa como relámpago tu alma. Quieres amarme y quiero amarte...
y te deseo ... Es hora de iniciar el nuevo camino entonces.
Tú tienes las respuestas.
Yo por ahora me quedo con tus muchos besos
y espero......esta noche para soñar contigo
Que existes en la realidad.
Yo dejaría muchas cosas por ti.  Viviría contigo, por ejemplo.
- ¿Te refieres a convivir?  Pues, no lo sé, no nos conocemos.  Quizás deberíamos conocernos un poco más.  Buscar de estar un tiempo juntos y ver como nos llevamos.  Si nos gustamos verdaderamente y esoNi siquiera nos hemos besado.
Obviamente se enojó. Por algún motivo no hubo forma de convencerlo de que lo que le estaba diciendo era atinado. Quizás lo más maduro y atinado que he dicho en todo este tiempo.
Esperé al día siguiente.  Cuando apareció por la puerta principal le pedí hablar con él en privado.
- Creo que te he lastimado y no sé por qué.  Por lo menos lo que me respondes me trasmite dolor.  Discúlpame, quizás no me di a entender.  Mis manos jamás han sido expertas.
- No, no, hay rencor ni nada que se le parezca, es una conversación lineal y muy linda. - respondió, señalando un sillón frente a él, al otro lado de su escritorio.  Supe que no haría nada.  Que no se despegaría de su silla para besarme. 
Unos golpes en  la puerta interrumpieron, lo que empezaba a interrumpirse tan sólo por haber sido sensata por una vez. 
Decidí no hablarle más hasta que él no lo pidiera. Al cabo, volvió a comunicarse por escrito.
- ¿Que pasó? ¿Por que se detuvo el verso? ¿Por qué se detuvieron los pensamientos?
¿Qué paso con esa secuencia ascendente de emociones temerosas y... Creo que te lo dije...
todo está bien y sólo es que tan profunda tu palabra que lograste abrir mi corazón hace mucho tiempo... Sólo que perforaste mi alma, e instalaste en ella como anclas tus palabras y la imagen posible del amor.... Uff, ¿del amor dije?  Una vez más que pretencioso y atropellado de mi parte.

Las secuencias de tiras y aflojes parecía ser interminable.  ¿Padeceríamos de la misma desesperación por la existencia?  Creo que no era la misma para él que para mí.  Un día bien, otro día irónicos, otro día definitivamente, mal. 
Ese día, el definitivo, llegué a la redacción temprano.  Todo estaba en silencio.  Las luces a medio encender.  Me senté frente a mi escritorio.  Unos ruidos, lejanos, me hicieron estremecer.
-  ¿Hay alguien allí? - grité, como para darme coraje.  Nadie respondió, pero un cuchicheo incesante me obligó a caminar a tientas por el pasillo, rumbo al despacho de Alfredo.
A medida que avanzaba, comencé a escuchar con claridad unos gemidos.  Pensé que era él, que había llegado y se hallaba descompuesto.  Con sigilo entreabrí la puerta.  Alfredo, desnudo, hacía el amor con dos mujeres.  Una de ellas era Marina.  A la otra no la reconocí, no era una de las nuestras.  Me quedé viéndolos, como si todo aquello fuera una película.  Sólo una fotografía obscena que se mira en algunas de esas web, tan de moda en nuestros tiempos. Observé por última vez sus ojos, imperturbablemente tristes, frente a los míos.  Observé la espalda desnuda de Marina.  No pude ahogar el grito:
Eres una hipócrita envidiosa.  Yo te conté todo y tú no me advertiste.
Luego corrí con todas mis fuerzas hacia la salida...


*  *  *

Absurdo mi dolor de tanta pena,
llora la realidad tras una puerta.
Cántaros rotos. 
Consuelos insensatos.
Se deshojó el amor,
Sedienta y taciturna esta su huerta.
No cesa de llover. Llueve la noche.
inútil es buscar alguna estrella.

 

* Todas las poesías citadas en este relato, se adjuntan al final del texto, a los fines de no interferir en su lectura.
 
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