PLUME

 MITOS Y LEYENDAS
 La ironía y la acidez intelectual constituyen las armas de las que se vale inteligentemente el
 autor Will Cuppy en esta obra publicada en 1955 y que tiene rasgos de increíble curiosidad.
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Lady Godiva SegÚn Will Cuppy
Hace más o menos 60 años moría un maestro de la sátira y caricaturista de talento llamado Will Cuppy.
William Jacob Cuppy, su obra: “Decadencia y caída de casi todo el mundo”, uno de los textos más curiosos, amenos y sorprendentes que se hayan escrito. Su autor satiriza los textos elaborados por eruditos fastidiosos y a la vez ofrece, con un asombroso sentido del ridículo y la comicidad, lo que puede calificarse de perfil histórico de personalidades de la historia universal.
Mitos y Leyendas
Lady Godiva: Una historia curiosa, tomada con buen humor por Hill Cuppy

Desde Cleopatra hasta Isabel de Inglaterra, desfilan por sus páginas figuras cuya importancia histórica ejercieron influencia en el destino de sus países.
Hoy, en nuestra sección mitos, ofrecemos dos curiosidades, la historia de Lady Godiva y la existencia de un libro curioso cuyo título es “Decadencia y caída de casi todo el mundo”.
Que lo disfruten.

Había una vez una encantadora niña llamada Godiva que vivía en la Inglaterra Anglosajona (Godiva era hermana de Toroldo el sheriff, lo cual tendría mucho más significado si supiésemos quien fue Toroldo el Sheriff). Tenía ojos azules y una cabellera dorada tan larga y hermosa que la gente solía decirle: ¡qué hermosos cabellos tienes, Godiva! ¡Y que abundantes! Si, respondía la pequeña Godiva, casi me llegan a los pies, ¿ven? Y entonces salía corriendo para, hacer su demostración ante otra persona (Les ruego que tengan presente la cabellera de la niñita, que más tarde vuelve a aparecer en esta historia).
Era una niñita muy buena, exceptuando este casi exagerado orgullo por su pelo, y la mala costumbre de levantarse demasiado las faldas mientras bailaba y cantaba en el interior de la casa, defecto que sus padres nunca se atrevían a mencionarle por el temor de provocarle complejos y arruinar su vida. No es mas que una criatura y no tiene idea de lo que hace, decía su madre. Además, hemos resuelto dejar que desarrolle su propia personalidad.
Todo anduvo muy bien hasta que cierto día Godiva se sacó toda la ropa y se puso a bailar un adagio en el patio que estaba al frente de la casa, agitando brazos y cabeza y levantando las piernas lo mas alto que podía, gesto ante el cual uno de los vecinos hizo notar a otro que sus miembros inferiores constituían una gran promesa para el futuro, como así sucedió (Esto también tiene su importancia en el relato).
Lo que ocurrió en la leñera un poco más tarde hizo que Godiva anduviese toda dolorida durante el [esto de la semana. Fue entonces cuando resolvió casarse en la primera oportunidad y abandonar a aquellos padres odiosos y crueles.
De modo que comió sus espinacas y pronto se transformó en una hermosa joven de proporcionadas formas causadas en parte por sus tendencias atléticas. Era muy aficionada a la equitación y a menudo se la podía ver galopando en los alrededores de Lincolnshire montada en su vieja yegua Aethelnoth, su animal preferido, con la vista perdida en el horizonte lejano en busca de la persona apropiada, con preferencia algún galante y joven caballero en una reluciente armadura.
Con su cabellera de oro cayendo sobre los flancos de Aethelnoth o flotando con la brisa, era la visión más bella que se podía admirar en toda la región. Y quizá ella no lo sabia (Godiva habla bautizado con el nombre de Aethelnoth a su yegua cuando ambas eran aún demasiado jóvenes para saber que ese nombre era estrictamente masculino. Recordemos si no a Aethelooth el Bueno, Arzobispo de Canterbury, bajo los reinados de Canuto y Haroldo I).
Hasta que, por fin, una radiante mañana de primavera, quiso la fortuna que un forastero en cota de malla que volvía cabalgando de la guerra, tropezara con la rubia aparición y se enamorase perdidamente de ella.
Y quién creen ustedes que fue, sino Leofrico, el Conde de Mercia, uno de los tres grandes nobles de Inglaterra y poseedor de una inmensa fortuna. Fue así como se casaron y fueron a vivir en el castillo de Leofrico cerca de Coventry, en Warwickshire. Pero ésta es sólo una parte de la historia.
Leofrico no era precisamente lo que había deseado Godiva. Era un viejo viudo de barba áspera, amante de la paz del hogar y que vivía en perpetuo mal humor (Puede que !a apariencia de Leofrico en su armadura haya sido algo imponente, o bien que Godiva haya sido ligeramente miope).
Con todo, tenia sus méritos, pues había sabido ahorrar gran parte de su fortuna adquirida al despojar a sus enemigos de todos sus bienes, sustraer tierras a  la Iglesia y ayudar a cualquier rey o partido político que le pagara bien. Era una de las personas más influyentes y respetadas del reino; una de las contadas que estaba haciendo todo lo posible para que se produjese la conquista normanda.
Al principio, Lady Godiva fue todo lo feliz que se podía esperar, pese a todo. Leofrico estuvo ausente un tiempo, ocupado en un negocio sucio contra Eduardo el Confesor, lo cual contribuyó bastante a esa felicidad.
Mientras estaba en casa, se pasaba la vida contando su dinero y quejándose del lumbago. Al cabo de unas pocas semanas se había aburrido del pelo de Godiva y ya no le sonreía tiernamente cuando ella se peinaba o le arrojaba juguetonamente los cabellos a la cara. Ya no le decía más: ¡Nena, tienes una cabellera estupenda.
Cuando en cierta oportunidad ella intentó una de sus artimañas, él exclamó: Mira, Godiva, para mí el pelo no es mas que pelo, de manera que basta. Otro día en que ella se puso a ensayar algunas modestas piruetas, descalza y envuelta en vaporosas túnicas, con la intención de ir haciendo el numero cada vez más espectacular, él se limitó a gruñir: Por amor de Dios, Godiva, compórtate como una persona mayor, ¿quieres? La pobre Godiva había esperado por lo menos alguna alusión a la escultura griega, pues albergaba el Íntimo Íntimo convencimiento de que sus extremidades inferiores eran dignas de tenerse en cuenta. Con infinito pesar, puso a un lado sus sueños infantiles y decidió complacer a su legítimo esposo o morir en la empresa, pues tal era la ley de la vida en aquellos tiempos. Sujetó sus superabundantes bucles mediante un ingenioso aunque poco tentador entrecruzamiento de trapos y cintas, empezó a usar trajes sencillos y pesados que la hacían parecer quince años mayor y resolvió omitir toda clase de revelaciones anatómicas. No mostraba nunca más que el tobillo al poco apreciativo conde. Había decidido probar el acercamiento intelectual.
El arte de la conversación, en sus aspectos más simples, no constituía un campo enteramente nuevo para nuestra heroína, a quien la naturaleza había dotado de sólidas cuerdas vocales, notable control respiratorio y lo que parecía ser un sistema amplificador interno.

Desde el mismo día de su matrimonio, su alegre cháchara sobre distintos temas bastantes triviales se oía resonar dentro del castillo durante todo el día y, a veces, hasta bien entrada la noche. Leofrico nunca sabía bien de qué hablaba (Tal como manifestó en cierta ocasión al conde de NorthurnberLand: Ella nunca me puso sobre aviso). Se mostró gratamente sorprendido cuando notó que de pronto Godiva se interesaba en la situación social, asunto que entonces se estaba poniendo de moda, e insistía en conocer su opinión acerca del problema, como ella lo llamaba.
Desgraciadamente esto no dio muy buen resultado, puesto que nunca se pusieron de acuerdo en ningún aspecto y Godiva no era de las que se sientan quietas a escuchar. Por ejemplo, tenía la creencia de que había que ser gentil con los pobres y, en cambio, Leofrico no les dirigía la palabra si podía evitarlo. Estaba persuadida de que los pobres podían llegar a tener una apariencia tan agradable como los demás si se los fregaba un poco y si se les facilitaba una muda de ropa y un poco de dinero; pero Leofrico sostenía que si se les daba un penique era seguro que lo despilfarrarían en desordenadas orgías, de modo que era completamente inútil. Entonces Godiva lo llamaba reaccionario y él respondía: ¡Oh' ¡bah! ¡bah!
Una noche, durante la cena, (Por algún motivo los ingleses de aquellos tiempos se alimentaban principalmente de anguilas), lo hizo enojar mucho al robarle repetidas veces que suprimiese las pesadas contribuciones que había impuesto al desdichado pueblo de Coventry. Como es de suponer, se negó rotundamente, manifestando además que si la dejara hacer su voluntad en el castillo, muy pronto estarían ambos internados en un asilo para menesterosos (lo cual era evidentemente falso, pues nunca podía llegar a calcular su entrada anual, de tan elevada que era) y que si Godiva no cerraba el pico de una vez por todas, acabaría por volverlo completamente chiflado (El nombre Godiva en el equivalente de Godgifu o sea Don de Dios, El rey Eduardo el Confesor tenia una hermana llamada Godgifu que fue madre de Rodolfo el Tímido). Lady Godiva estalló en llanto, otra de sus tretas que a él le desagradaban profundamente, y le reiteró el pedido. Ante esto, Leofrico, sin poder aguantar más, dio un puñetazo sobre la mesa, se puso de pie, lanzó un gran juramento y gritó: Está bien, se hará lo que quieras. Aboliré ese impuesto, pero con una condición, y préstame atención, porque ya sabes que soy hombre de pocas palabras. Suprimiré la contribución siempre que recorras la plaza del mercado de Coventry, completamente desnuda y a mediodía, montada sobre tu vieja yegua. Muy buenos días, señora. Puedes comerte mi postre. Yo no lo quiero.
Ahora bien, ustedes quizá pensarán que Godiva lloró y lloró después de que Leofrico abandonó la habitación; están muy equivocados. Sus ásperas palabras la habían lastimado, en cierto modo, pero cuando le propuso esa condición casi imposible, con la intención de hacerla enmudecer de vergüenza y doblegar para siempre su espíritu, algo no del todo desagradable se produjo dentro de ella. Sintió como el cosquilleo de un delicioso recuerdo. Levantó el bulto de su cabellera que descansaba sobre el mantel y sonrió. Una lánguida y enigmática sonrisa que hablaba de amor, de caridad y de otras cosas.
Nunca podrán adivinar lo que pasó al día siguiente a las doce en punto. A esa hora, Lady Godiva atravesó las puertas del castillo montada sobre su fiel y vetusta Aethelnoth, completamente desprovista de ropas, envuelta como en un velo por su dorada melena, que brillaba y relucía después de las trescientas cepilladas que le había dado la noche anterior y que estaba cuidadosamente dispuesta para frustrar cualquier céfiro juguetón que pudiese aparecer. Dudo que fuera accidental que sus bellas piernas blancas, evidentemente el centro focal de !a composición, pendieran de la montura absolutamente descubiertas y desnudas como el día en que había venido al mundo Si Mateo de Weitminster puede mencionar las piernas de Lady Godiva, ¿por qué no he de hacerlo yo?).
De este modo se encaminó a Coventry, conmovida y feliz por su buena obra y despojada de todas sus inhibiciones. La invadía una sensación de bienestar que no había experimentado desde hacia años. Era maravilloso. Pero... dijo para si, mientras el sol acariciaba sus pantorrillas (Vean asimismo El Flores historiarum de Rogelio de Wendover) y otras razones que habían resultado inevitablemente expuestas,…ésta debe ser la vida con letras mayúsculas que siempre he oído mencionar. Siempre pensé que estábamos en el mundo para ayudar a nuestro prójimo, ahora estoy completamente segura de que es así. Es muy divertido. Pero podía haber reflexionado un poquito más. Porque no cabía duda de que en toda su vida un solo anhelo había habitado en el fondo de su subconsciente: los rayos ultravioletas.
Así llegó a Coventry, donde, ante su enorme sorpresa y no menor desagrado, comprobó que todo parecía dormir en plena luz del día. No se veía transitar un alma por las calles, ni siquiera en la plaza del mercado, donde por lo general se aglomeraba una multitud de gente. Es que el conde Leofrico, alarmado por la situación que había creado, se había apresurado a ordenar al pueblo de Coventry que permaneciese recluido en sus casas con los postigos cerrados, bajo pena de muerte. Podría haber prevenido a Godiva, pero no lo hizo. Se sentía demasiado trastornado, de modo que se encerró en la bodega.
Preocupada al pensar que su parte en el pacto iba a quedar sin cumplir por falta de testigos y que su sacrificio seria en vano, Godiva pisó varias veces frente al almacén de ramos generales y luego recorrió hasta la última callejuela de la ciudad, sin dejar ni un rincón por explorar. Luego !o recorrió todo una vez más y lo hubiese hecho una tercera si Aethelnoth, advirtiendo que las cosas no se habían presentadlo como debieran, no se hubiese negado rotundamente a dirigirse a otro lugar que no fuera su casa.
Pues bien, lo hice, murmuró Lady Godiva mientras se masajeaba las rodillas con crema, no fue culpa mía si nadie me miró. No por eso había dejado de ser una buena producción escénica y por un momento jugó con la idea de realizar una tournée. Leofrico era dueño de cientos de ciudades que posiblemente necesitaban ajustes en los impuestos y Godiva estaba persuadida de que su recibimiento seria distinto si disponía de antemano de una pequeña propaganda, quizás un escueto anuncio pegado en las paredes y a lo largo de los caminos principales: Lady Godíva cabalga otra vez! Pero justo en tal momento oyó ruido de pasos que se acercaban y se apresuró a vestirse.
Dentro de la habitación se precipitó nada menos que el conde, tan cambiado que al principio ella casi no lo reconoció, Se había afeitado la barba, dejando al descubierto un mentón voluntarioso, y se había puesto sus mejores galas, que consistían en una túnica roja, bordada en verde y amarillo por su segunda mujer, que le daba un aspecto apenas cincuentón,
¡Ven a mis brazos, Godiva!  -exclamó-. Y nunca más te preocupes por esos tontos impuestos. Los acabo de suprimir por completo. No tienes más que abrir la boca y los pobres podrán tener mi camisa si la quieren. No recojas esa hermosa cabellera, mi querida. Me encanta así. Y, por favor, ponte algo menos serio que esa horrible vestimenta que tienes encima (Éste quiso ser un chiste de parle de Leofrico. La palabra vestimenta es un término que desde hace siglos ha caído en desuso). Se es joven una sola vez en la vida ¡]i-pi-ii!
El conde Leofrico no había estado bebiendo. Esto es, no más que de costumbre. Simplemente había recobrado el buen sentido gracias a un afortunado accidente.
Mientras estaba cerrando la puerta de la bodega para ocultar su dolor frente al resto del mundo, había divisado a Godiva que emprendía la marcha, y decir que lo había impresionado agradablemente sería poco. Cuando desapareció de su vista se dio cuenta, por fin, del tesoro que poseía y pasó la hora siguiente preparando la feliz reunión. Godiva era quizás un poco débil de inteligencia, reflexionó, pero ¿qué importaba? ¡Qué importaba, realmente!
Me complazco en anunciar que todo salió perfectamente. Leofrico era en ciertas ocasiones casi demasiado atento, pero eso era preferible a su antigua indiferencia ¿O quizá no lo era? se preguntaba Godiva. Sea como fuese, la alentó para que reiniciara sus bailes y le hizo construir un gran solarlo donde iba a tostarse los días de sol. Solía hacer allí algunos números muy bonitos, especialmente uno que representaba los últimos aleteos de una avutarda agonizante (pájaro muy popular en aquellos tiempos) y en ciertas ocasiones Leofrico arrojaba su capa lejos de si y se unía a ella en un airoso pas de deux. Y tuvieron un niñito llamado Aelfgar.
Poco queda por contar. Leofrico murió en 1057 y fue enterrado en la magnifica iglesia que él y Lady GodÍva donaron a Coventry (Leofrico no fue, como ustedes habían oído decir, el padre de Hereward el Alerta). Godiva lo sobrevivió hasta 1080, bien entrado el reinado de Guillermo el Conquistador. Sus últimos años transcurrieron entre el amor y la veneración de sus amigos y de sus nietos, los hijos del conde Aelfgar (Aelfgar no tuvo ninguna hija de nombre Lucia, como algunos insisten en asegurar, de modo que difícilmente su nieta se puede haber casado con Ribaldo de Middleham).
Godiva alcanzó gran renombre por sus actos de caridad, que incluyeron numerosas donaciones de oro y de joyas a beneméritas instituciones. Al enviudar quedó con mucho dinero, pues se había casado con Leofrico poseyendo varias propiedades, como, por ejemplo, las tierras de Leicestershire y Warwickshire y el valioso feudo de Newark (Situado en Newark-on-Trent). Se comportó bien durante el resto de sus días, tanto en la vida pública como en la privada. Por lo menos no nos ha quedado ningún relato que revele una conducta desordenada.
Ealdgyth, la hija de Aelfgar, llamada a veces Editha la Bella en los libros de historia, fue esposa de dos reyes (Quizá no sea correcto referirse a Ealdgyth como Editha La Bella, puesto que la Eddeva paleva latina que figura en el gran catastro de Guillermo el Conquistador puede haber sido una Ealdgyth completamente distinta).

Primeramente se casó con Gruffydd ap Uywelyn, rey de Gales del Norte, famoso por haber derrotado a Gruffydd ap Rhydderch, rey de Gales del Sur. Al morir éste, contrajo segundas nupcias con Haroldo II, el último rey sajón (Por otra parte, Eaidgyth se traduce mejor como Alditha, que difiere ligeramente de Eadgyth o Editha. Y Eddeva es más similar a Eadgifu o… ¡Al diablo con todo!). Editha la Bella llevó una vida de perros a causa de la intima amiga de Haroldo, Eadgyth Swannehals o Editha Cuello de Cisne, que fue quien encontró el cadáver de Haroldo después de la batalla de Hastings. Reconoció al rey por ciertas marcas del cuerpo que sólo ella conocía. Muy poco era lo que se le escapaba a Editha Cuello de Cisne.

Me olvidaba mencionar que un humilde individuo de nombre Tom, un sastre que habitaba en el King´s Head Hotel, horado un agujero en el postigo de su ventana y pudo presenciar el paso de Lady Godiva por Hertford Street- Dicen que en ese preciso momento perdió la vista o, según otra versión, que fue sacudido  por un rayo. La existencia de este notable mirón ha sido negada, en especial por el difunto M. H, Bloxam, quien manifestó en su discurso presidencial en el club de Naturalistas y Arqueólogos de WarwÍckshire, en 1886, que las ventanas y las puertas todavía no existían en aquella época y por lo tanto Tom, el espiador, nunca pasó de ser una leyenda (¡Supongo que tampoco habría caballos entonces!). Es gracias a los señores Bloxan que la vida es tan aburrida.

 
 
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