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En otro lugar ya he citado esta reveladora frase de Rilke1. Reveladora, más que inquietante, porque estoy cierta de que la clave y la eficacia del arte es la posibilidad de convocar, reconocer y conjurar nuestros demonio, no para que desaparezcan, sino para integrarlos a nuestras vidas como aspectos del alma.
Porque son los daimonos (daimonoz), los únicos capaces de otorgar inspiración y energía a la vida. Sin ellos, el concierto de los ángeles del cielo, en toda su gloria, no tendría razón de ser, dado que en un sentido originario, dioses y demonios yacen juntos.
En efecto, los griegos de la Antigüedad Clásica, utilizaban el mismo término para aludir a los dioses, los genios, las divinidades inferiores, el espíritu de los muertos, los demonios, los fantasmas y la sombra.
Esta aparente falta de sacralidad de las religiones paganas, en rigor nos revela una verdad no siempre fácil de aceptar: el hecho incontrovertible de que en nosotros habita, al igual que en los dioses griegos, lo sublime y luminoso tanto como lo oscuro.
La lujuria de Afrodita, por ejemplo, no era menos sagrada o divina que la castidad de Hestia, Palas Atenea o Ártemis. Hades no era más cruel que Zeus, a la hora de la venganza, por habitar en los Infiernos.Ni Saturno o Urano, dioses bajos, por haber devorado o renegado de su progenie.
Podría pensarse que esta “imperfección” de los dioses griegos es el rasgo distintivo de las religiones arcaicas, puesto que estas divinidades ostenta virtudes como defectos en grado sumo, proyecciones evidentes de nuestra humana naturaleza. Sin embargo, la aparente decadencia de los dioses del Olimpo tiene una función no tan arcaica: son una metáfora de gran poder catártico, al igual que las tragedias de Sófocles. En efecto, del mismo modo que las piezas trágicas, en las que los griegos mostraron otros de sus grandes talentos, tenían el poder de develar el drama de la humana existencia. Nuestras glorias así como nuestras mezquindades, han logrado a través de estos símbolos arquetipales, dejarnos la enseñanza de que sin el reconocimiento de nuestras zonas oscuras no hay salvación, ni libertad y hasta me atrevería a decir, que tampoco habría dios. Seguramente él nos abandonaría para siempre, como los ángeles a Rilke, por haber rechazado a sus demonios.
Por siglos, nuestra visión estética ha estado impregnada de un malsano lastre: el de creer que al Sumo Bien es Belleza y Verdad. Pero, ¡ay! cuántas veces lo que nos ha parecido un mal no fue para nosotros un bien. En cuantas obras el horror, el dolor, la muerte o el abandono han dado lugar a expresiones de arte magníficas, mucho más bellas y verdaderas que las que sólo nos trasmiten un ideal de perfección inalcanzable. Y, es que el modo en que resolvió otro lo que para nosotros es casi imposible, de manera noble y estoica, sólo nos hace sentir avergonzados, culpables y menos aptos, por ser, irreversiblemente, tan humanos. Lejos de ayudarnos, este tipo de literatura nos marca lo ineptos y poco elevados que somos, por no superar el mal trago como aquel otro, personaje impoluto, al que se le han muerto cuatro seres queridos y no ha pensado, ni por un momento, en suicidarse. Este tipo de literatura, colindante con los libros de autoayuda, no nos permite espejarnos ni hacer el proceso de catarsis que, según mi humilde opinión, debiera ser el rasgo distintivo de la obra de arte.
Sólo en el arte como en los sueños habitan en todo su poder esas zonas oscuras y eludidas, que negamos aceptar como parte de nosotros. Sin embargo, sólo en su reconocimiento, podemos considerarnos seres humanos íntegros y de funcionamiento completo.
1 Se trata del artículo “De amores y de muertes”, aparecido en la Revista Con-Versiones
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